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Nosotros los Abogados



Hoy, día 3 de febrero, se conmemora, como cada año, el Día Internacional del Abogado.


A diferencia de otras fechas similares en que se celebra el aniversario de un evento concreto, en nuestro caso se trata de una fecha pensada exclusivamente para reconocer la labor de cuantos pertenecemos a este gremio. Y no es cosa baladí.


El Día Internacional del Abogado es para nosotros una fecha de reencuentro con nuestra profesión. Un día en que girar la vista atrás y, aparte de disfrutar de la nostalgia que se siente al hacerlo, observar el camino recorrido hasta la fecha.


En nuestro despacho aunamos la veteranía y la bisoñez, e incluso ejercemos como centro formativo para los alumnos en prácticas del Máster de la abogacía de nuestro Colegio profesional. Sin embargo, para todos y cada uno de los que formamos parte de este equipo, ejercer esta profesión supone un aprendizaje constante, indiferentemente de la experiencia que nos avale.


El Derecho es un campo del conocimiento dinámico y cambiante. Y es que a diferencia de la materia, las leyes sí se crean y se destruyen: se promulgan y se derogan. Por ello, día a día nos sumergimos en su estudio y análisis de manera incesante y concienzuda. Procurando aumentar nuestra pericia y, además, mantenernos siempre al tanto de las novedades que vayan surgiendo. Y al igual que nosotros, los cerca de 143.398 compañeros que, según el estudio anual del Consejo General de la Abogacía Española, componemos el censo numérico de letrados en España.


Actualmente el camino para convertirse en abogado se ha endurecido ligeramente. Para acceder a nuestra profesión es requisito indispensable estar en posesión del título de graduado en Derecho (como antaño se exigía la licenciatura), del título de máster de acceso a la abogacía y del certificado de aptitud nacional, que se obtiene tras superar con éxito el examen que anualmente convoca el ministerio de justicia.


Un camino arduo para llegar a una profesión cargada de claroscuros, como todas, en que la denostación social y algunos clichés inmerecidos (consideraciones de picapleitos, de insensibles, de mezquinos, de “peseteros”…) confrontan directamente con la realidad. Sin embargo, el calor de los clientes agradecidos, la satisfacción de los logros y el esfuerzo recompensado, el compañerismo y la sensación de haber ayudado a quienes necesitaron de nuestra mano hacen de nuestra una labor algo maravilloso.


La profesión de abogado es un destino apasionante y enorgullecedor, que día a día desempeñamos muchos con la mayor de las alegrías. Por ello, animo a cuantos se encuentren formándose a que mantengan sus fuerzas. El camino es duro, largo y lleno de baches, pero la meta es, en sí misma, una recompensa.


Eso es lo hermoso de la abogacía, conocer cara a cara a los clientes y, si las cosas salen bien, poder ayudarlos”. De la novela Los Litigantes, de John Grisham, abogado, político y escritor estadounidense.

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